viernes, 18 de abril de 2008

GLADIADOR


La narración de esta escena real finaliza con la salida a hombros de José García “Josete” por la Puerta Grande de la plaza de toros de Valladolid. Revelar el final al comienzo de la narración no es ningún truco estilístico, se trata de dar la razón a aquellos que opinan que reducir toda una historia a un tema o a un final esplendoroso es condenar al lector. Por eso les invito a que participen de los detalles de esta escena, para que terminen concluyendo conmigo que José García “Josete” es un auténtico gladiador.

Nuestro joven novillero, aprovechando que el mozo trazaba con su carrito las circunferencias blancas sobre el albero, salió del callejón y dio unos cuantos capotazos, tentando a un novillo imaginario que se acercaba demasiado, a juzgar por la curvatura que el joven describía con su cuerpo.

La banda tocó la orden de salida. José se escondió tras el burladero. De la puerta de toriles salió Campanero, un utrero de 460 kilos, de ganadería salmantina. Con trote decidido, recorrió la plaza atemorizando a un público que silenció al instante. El matador salió de su escondite. Capote en mano, miró al presidente y tiró la montera, que cayó boca abajo sobre la arena en señal de buena suerte.

Se arrodilló y tentó al animal. El morlaco se volvió y emprendió una cabalgadura de terror, un acercamiento feroz que cortaba la respiración cuando, rozando con su lomo la chaquetilla del maestro, cruzó el ecuador de la plaza, y el capote se fundió con la piel del animal en una fiesta de color. El público aplaudió efusivamente.

José se enfrentó de nuevo al novillo, se acordó de su madre, del miedo y de la muerte y se dijo a sí mismo: “Para esto he nacido”, y bailó con el toro un tango lavándole la cara con el capote, como hizo la Verónica con el Señor. El público se deleitaba. El humo de los puros se mezclaba con los comentarios de los ignorantes, el perfume de las señoras y el silencio de los entendidos.

El calor de julio abrasaba la arena. El banderillero, ataviado con traje verde apagado, se abalanzó sobre el toro mientras le clavaba los palos sobre el lomo, y el animal saltó sobre sus patas traseras.
José se acercó al callejón para recoger los trastos de la segunda tanda de la faena. Probó al toro arrastrando la muleta y decidió comenzar su tarea por naturales. Después dio unos cuantos derechazos.
Miró al toro de frente y le dijo: “Ya te conozco”. El novillero se había enfrentado ya muchas veces a la bravura de un toro, pero sabía que, como las personas, cada toro es un mundo.

El animal tenía ya entonces un único objetivo, obedecer al movimiento de aquel retal rojo que era la muleta. Y el matador sabía cómo hacerlo, persuadía al animal con su cuerpo, se envolvía en la tela al final de cada pase, miraba al toro, lo reprendía ,lo humillaba y finalmente, hizo un pacto con él : “Yo te doy muerte y tú me das la victoria”.

“Josete” dio su estocada final. Un espadazo de suerte que paralizó al bravo. Los peones de la cuadrilla se acercaron para presenciar de cerca la muerte del novillo. Cayó el morlaco y José alzó la espada en señal de triunfo. Y el público aplaudió con pasión y le concedió la vida, como a un gladiador, aquella tarde de julio.

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