
El cartel de las elecciones del 9 de marzo cuenta de nuevo con un torero valiente: el Partido Antitaurino contra el Maltrato Animal. El PACMA no busca el trofeo o la ovación, ni siquiera la mirada complaciente del presidente de la plaza. Sólo quiere pasearse por el ruedo, enseñarnos su figura graciosa, dar un par de capotazos y que luego Paco y Manolo hablen de él en el bar.
Este torero abandera la causa de la retirada de los animales de las fiestas populares, alegando que la tradición no es excusa para la vejación. Su manifiesto es tan radical que condena cualquier práctica considerada dañina o jocosa contra el animal. A la radicalidad de este torero conviene añadir su genio en la invención. Los antitaurinos son capaces de generar tanta información falsa acerca de las prácticas taurinas como ingresos genera la fiesta nacional, tan querida y simbólica.
Este torero antitaurino debería saber que defender al toro es defender la fiesta. El toro de lidia es criado por y para morir en la plaza. Si la fiesta se extingue, con ella muere la raza: el precio de su crianza es elevado y su aprovechamiento como animal es escaso.
El antitaurino, que se pone farruquito en la plaza, no escucha a quienes le dicen que la tauromaquia es cultura, es arte. La inteligencia del hombre se enfrenta cara a cara con el instinto animal. Toro y torero bailan con la muerte. Los dos rivales tiene sus armas escondidas: el toro su fuerza y el torero, técnica y valor, mucho valor. El toro es criado para dar de sí lo mejor en la plaza, lo miso que el matador. Su ardua preparación no le asegura, ni por asomo, la supervivencia. Que se lo digan a Manolete o a Paquirri.
Un entendido desde la grada grita al antitaurino que no toree, que la palaza electoral es todavía muy imponente para él y que el traje de luces, para las grandes ocasiones.
Este experto sabe que sus paseos por la plaza son en vano, que la fiesta subsistirá porque es magia, ritual, símbolo y arte. Pero no se va a desgañitar y tan sólo le dice: “Eh, tú, antitaurino. Suerte...y ¡al toro!”.
Este torero abandera la causa de la retirada de los animales de las fiestas populares, alegando que la tradición no es excusa para la vejación. Su manifiesto es tan radical que condena cualquier práctica considerada dañina o jocosa contra el animal. A la radicalidad de este torero conviene añadir su genio en la invención. Los antitaurinos son capaces de generar tanta información falsa acerca de las prácticas taurinas como ingresos genera la fiesta nacional, tan querida y simbólica.
Este torero antitaurino debería saber que defender al toro es defender la fiesta. El toro de lidia es criado por y para morir en la plaza. Si la fiesta se extingue, con ella muere la raza: el precio de su crianza es elevado y su aprovechamiento como animal es escaso.
El antitaurino, que se pone farruquito en la plaza, no escucha a quienes le dicen que la tauromaquia es cultura, es arte. La inteligencia del hombre se enfrenta cara a cara con el instinto animal. Toro y torero bailan con la muerte. Los dos rivales tiene sus armas escondidas: el toro su fuerza y el torero, técnica y valor, mucho valor. El toro es criado para dar de sí lo mejor en la plaza, lo miso que el matador. Su ardua preparación no le asegura, ni por asomo, la supervivencia. Que se lo digan a Manolete o a Paquirri.
Un entendido desde la grada grita al antitaurino que no toree, que la palaza electoral es todavía muy imponente para él y que el traje de luces, para las grandes ocasiones.
Este experto sabe que sus paseos por la plaza son en vano, que la fiesta subsistirá porque es magia, ritual, símbolo y arte. Pero no se va a desgañitar y tan sólo le dice: “Eh, tú, antitaurino. Suerte...y ¡al toro!”.
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