lunes, 19 de mayo de 2008
EL JARDÍN INGLÉS
Recuerdo que hace años, cuando regresaba a mi casa del colegio, me detenía en un punto y me alzaba de puntillas sobre la valla que ocultaba el jardín más hermoso que he visto jamás en pantalla real. Contemplaba el paisaje unos cinco segundos y luego reemprendía mi camino jurándome que algún día cultivaría uno igual.
Me sucedió que en una de estas, la propietaria del jardín me pilló in fraganti, asomando mi frente sobre el vallado y me invitó a entrar. Caminé sobre las baldosas que describían un senderito hasta el porche, atravesando uno a uno los arcos de vid que ataviaban el paseo.
La dueña, de unos sesenta años, me hizo sentar en una silla de mimbre y me ofreció un té. En su ausencia, pude contemplar la hermosura de aquella estampa, que con el tiempo sólo he vuelto a reconocer en las pinturas de Lorrain. Los cotos, delimitados por piedras, albergaban diversas especies. Cada rincón estaba construido a la perfección: naturaleza y artesanía se fundían en un mural precioso que revelaban la dedicación diaria que sólo el amante conoce.
Cuando la mujer regresó con el té, emprendimos una charla animada. Ella me confesó verme habitualmente colgada a la valla de caña y yo le reconocí mi amor secreto a aquella vista que me conducía diariamente a rondarla.
Entre flores y té me habló de su pasión por las humanidades, de su eterna soltería, de su educación británica, casi victoriana, de una hermana con la que vivía y de un próximo viaje a Suiza. Y como si de un regalo se tratase me encomendó la tarea de cuidar de su jardín durante su estancia en el extranjero.
Se levantó y comenzó a explicarme cada una de las partes del jardín. En un rincón sombreado crecían pensamientos violetas junto a un manto de valerianas en blanco y rosa, que inundaban el aire de una fragancia dulcísima. En otro lugar, asomaban unas flores como espigas, las deladeras blancas, entremezcladas con rosas trepadoras.
Para unas y otras el riego debía ser casi imperceptible. Sólo la parra que avanzaba por el muro, podía ser regada directamente y me rogó que atendiera con primor las artemesias recién sembradas. Y así me confió las llaves de aquel edén, de ese jardín secreto que, tras su arquitectura tan similar a la naturaleza, escondía un rigursísimo control.
Durante dos días me entregué delicadamente al encargo. El tercer día llovió, el cuarto me invadió el sueño y el quinto la apatía. Y sucedió que en mi empeño de perseverancia me fue imposible acudir más días para acabar mi labor. Recuerdo sentir pánico a la vuelta de las hermanas británicas, pensando que el jardín inglés se habría convertido en un auténtico desierto. No me atreví a regresar hasta que recibí la llamada de quien en mí tanto había confiado: quería que le devolviera las llaves...y decirme algo.
Cuando entré en la casa, esta vez por la parte delantera, la señora me sonrió y al tiempo que yo le entregaba las llaves, me obsequió con una abundante propina. Luego, mientras me adelantaba algunos detalles de su viaje a Suiza, me condujo al jardín trasero y me felicitó, asegurándome que nunca había visto el jardín tan hermoso que tras mis, seguro, amables cuidados. Y yo internamente di gracias a la providencia, a los dioses o la naturaleza por haber suplido tan excelentemente mi descuido.
Y cada primavera, cuando mis anhelos de huir del método, de las cuadriculas laborales y otras ataduras afloran más intensamente, me acuerdo de aquel cottage que creció al tempo de la meteorología. Y trato de escapar a los confines de lo primitivo, y trepo arbitrariamente a las órdenes de la naturaleza, alimentándome de su savia y empapándome de la lluvia de su experiencia. Y a mí me parece crecer tanto como si obedeciera por un milenio al meticuloso riego del control.
REIKIAVIK

Perder el Norte es un problema. Y perder el trabajo, y la novia y algún que otro amigo. Y de paso, perder las ganas. Resulta que te amigas con la televisión, con un rato barato de compañía, con Noche de Fiesta o sucedáneos. A unos les da por inflarse a comida, a otros por no salir del trabajo; a unos y a otros por ganar en tristeza, por perder muy despacio la esperanza.
martes, 22 de abril de 2008
UN PLACER CONOCERTE, AKAKI AKAKIEVICH
Tratando de no recrearme en la pereza que provocan las gestiones administrativas, me armé de responsabilidad cívica para abandonar mi identidad de indocumentada y adquirir un nuevo DNI, después de un robo.De camino a las oficinas de la Policía Nacional iba recabando todo el léxico burocrático acumulado en mi imaginario: No , no. No por pérdida, por extracción. En efecto. ¿Conque un cargo por robo?, aha, comprendo. Una vez desprendida de toda afectación en mi expresión, decidí no abarcar más vocabulario que el de una máquina expendedora que, como además ni siente ni padece, sería capaz de pasar horas en una cola generosa a la espera de un turno, rodeada de otros indocumentados, con la misma prisa, las misma cantidad de obligaciones y la misma desidia hacia la gestión en sí.
Con estos pensamientos me entretenía mientras jugaba con aquel fragmento de la novela “El capote”de Gógol: “En este mundo no hay nada más enojoso que los departamentos, regimientos, oficinas del gobierno y, en una palabra, los organismos oficiales de toda clase”.
Llegué a la oficina y me disculpé por llegar tarde a la cita que había concertado previamente por teléfono, alegando que me habían entretenido en la Comisaría con todo el asunto de la denuncia, y bla, bla, bla. El tipo de la recepción me miró como se mira un problema matemático de estos de: Un funcionario tiene 25 clientes. Llega una diciendo qua tiene cita, pero que llega tarde. Si a 26 le restamos 1, sólo quedan 25 clientes más para atender. ¿Qué haces con el inoportuno recién llegado?
El tipo se levanta, me conduce a la sala de espera y grita: Aquí hay una joven que tenía hora para las diez, que nadie avance. José Antonio, para ti. Y el tráfico de machupichus, suspiros e legales se detiene para dejarme paso, para mi sorpresa y la de todos los indocumentados.
Y me recibe José Antonio, un funcionario muy poco parecido a ese otro “un poco corto de estatura, un poco picado de viruelas, un poco pelirrojo, un poco miope, un poco calvo en la coronilla, con arrugas en ambas mejillas y ese color de cara que llaman hemorroidal”.Gestiona mi asunto con total eficacia y me dice: Ahora, la prueba ortográfica, echa aquí una firmita. Y luego: Así que de Ciencias ¿eh? Y yo: Qué va, de letras. Y él: Pues tienes unos trazos muy definidos, generalmente los de Letras tenemos la grafía más redonda y desordenada...y ¿qué estudias? Contesto: Periodismo. Replica: Qué suerte. Pues yo estudié diez años en la facultad de al lado, en Derecho. Y ahora que los hijos son mayores y que tengo más tiempo, he empezado Filosofía. La verdad es que prefiero eso que apuntarme a un sindicato o a las reuniones de policías en el bar. Y luego me sonríe y me dice: Ya hemos terminado. Aquí tienes...encantado de conocerte.
De golpe, se reinicia el acostumbrado jaleo, el taconeo en el suelo, el ruido de papeles, y algún que otro ay. Y yo me detengo en la puerta de aquel “departamento de marras” para observar encantada esa oficina en la que los trabajadores se intercambian sonrisas, se ofrecen cafés y se relevan los turnos de un cargo tedioso. Y me dirijo secretamente a José Antonio para decirle: “Un placer conocerte, Akaki Akakievich”.
domingo, 20 de abril de 2008
FUGITIVOS DE CARVER

Sin ir más lejos, me sucedió el otro día. Un viejo amigo me había invitado a cenar en un buen restaurante. El establecimiento prometía una velada encantadora, de esas en las que el caballero retira la silla a la dama y le algo así como: Estás preciosa. Y luego se enciende un pitillo a lo James Dean.
Cuando los platos llegaron a la mesa, la conversación de los de al lado invadió la nuestra. Se trataba de una voz carajillera. Hablaba de tejemanejes económicos, de cómo burlar la fiscalía nacional y de otras vergüenzas asociadas. Los otros comensales eran la perfecta muestra de picaresca española: hasta qué punto puede aplaudir uno el delito, con tal de que le inviten a cenar.
Nuestro ánimo se vio afectado. Lo noté en que la cara de mi amigo ya no se parecía tanto a la de James Dean y a mí me empezaba a picar la etiqueta de mi vestido nuevo. Inicié una nueva conversación: que qué tal el trabajo, los amigos en común, qué bien volver a vernos, que gracias por la invitación…
De pronto, se produjo un estallido de risas en la mesa del otro lado. En este caso era un grupo de solteronas. Eran seis, todas apiñaditas en una mesa de cuatro, arregladísimas, eso sí. Tenían pinta de jugar al pádel dos veces por semana y de pegarse buenos viajes, a juzgar por el buen color de una de ellas en pleno febrero. La protagonista mostraba a sus compañeras un anillo, mientras aclaraba que no era una alianza de compromiso, sino el último regalo de su actual compañero sentimental.
Traté de volver a nuestra conversación pero me resultó imposible. Otra vez el compañero sentimental, y el torneo de pádel y unas risas ahogadas a lo lejos, y lo cabrón que era un tal José Antonio por llamarle Cachuli al de la voz carajillera. Y de nuevo la realidad absurda y la gente que ha pactado con ella.
- Vámonos, dije.
-¿Por qué?
-Porque toda está gente- aquí bajé la voz- se ha escapado de los cuentos de Carver.
viernes, 18 de abril de 2008
¡AL TORO!

Este torero abandera la causa de la retirada de los animales de las fiestas populares, alegando que la tradición no es excusa para la vejación. Su manifiesto es tan radical que condena cualquier práctica considerada dañina o jocosa contra el animal. A la radicalidad de este torero conviene añadir su genio en la invención. Los antitaurinos son capaces de generar tanta información falsa acerca de las prácticas taurinas como ingresos genera la fiesta nacional, tan querida y simbólica.
Este torero antitaurino debería saber que defender al toro es defender la fiesta. El toro de lidia es criado por y para morir en la plaza. Si la fiesta se extingue, con ella muere la raza: el precio de su crianza es elevado y su aprovechamiento como animal es escaso.
El antitaurino, que se pone farruquito en la plaza, no escucha a quienes le dicen que la tauromaquia es cultura, es arte. La inteligencia del hombre se enfrenta cara a cara con el instinto animal. Toro y torero bailan con la muerte. Los dos rivales tiene sus armas escondidas: el toro su fuerza y el torero, técnica y valor, mucho valor. El toro es criado para dar de sí lo mejor en la plaza, lo miso que el matador. Su ardua preparación no le asegura, ni por asomo, la supervivencia. Que se lo digan a Manolete o a Paquirri.
Un entendido desde la grada grita al antitaurino que no toree, que la palaza electoral es todavía muy imponente para él y que el traje de luces, para las grandes ocasiones.
Este experto sabe que sus paseos por la plaza son en vano, que la fiesta subsistirá porque es magia, ritual, símbolo y arte. Pero no se va a desgañitar y tan sólo le dice: “Eh, tú, antitaurino. Suerte...y ¡al toro!”.
GLADIADOR

Nuestro joven novillero, aprovechando que el mozo trazaba con su carrito las circunferencias blancas sobre el albero, salió del callejón y dio unos cuantos capotazos, tentando a un novillo imaginario que se acercaba demasiado, a juzgar por la curvatura que el joven describía con su cuerpo.
La banda tocó la orden de salida. José se escondió tras el burladero. De la puerta de toriles salió Campanero, un utrero de 460 kilos, de ganadería salmantina. Con trote decidido, recorrió la plaza atemorizando a un público que silenció al instante. El matador salió de su escondite. Capote en mano, miró al presidente y tiró la montera, que cayó boca abajo sobre la arena en señal de buena suerte.
Se arrodilló y tentó al animal. El morlaco se volvió y emprendió una cabalgadura de terror, un acercamiento feroz que cortaba la respiración cuando, rozando con su lomo la chaquetilla del maestro, cruzó el ecuador de la plaza, y el capote se fundió con la piel del animal en una fiesta de color. El público aplaudió efusivamente.
José se enfrentó de nuevo al novillo, se acordó de su madre, del miedo y de la muerte y se dijo a sí mismo: “Para esto he nacido”, y bailó con el toro un tango lavándole la cara con el capote, como hizo la Verónica con el Señor. El público se deleitaba. El humo de los puros se mezclaba con los comentarios de los ignorantes, el perfume de las señoras y el silencio de los entendidos.
El calor de julio abrasaba la arena. El banderillero, ataviado con traje verde apagado, se abalanzó sobre el toro mientras le clavaba los palos sobre el lomo, y el animal saltó sobre sus patas traseras.
José se acercó al callejón para recoger los trastos de la segunda tanda de la faena. Probó al toro arrastrando la muleta y decidió comenzar su tarea por naturales. Después dio unos cuantos derechazos.
Miró al toro de frente y le dijo: “Ya te conozco”. El novillero se había enfrentado ya muchas veces a la bravura de un toro, pero sabía que, como las personas, cada toro es un mundo.
El animal tenía ya entonces un único objetivo, obedecer al movimiento de aquel retal rojo que era la muleta. Y el matador sabía cómo hacerlo, persuadía al animal con su cuerpo, se envolvía en la tela al final de cada pase, miraba al toro, lo reprendía ,lo humillaba y finalmente, hizo un pacto con él : “Yo te doy muerte y tú me das la victoria”.
“Josete” dio su estocada final. Un espadazo de suerte que paralizó al bravo. Los peones de la cuadrilla se acercaron para presenciar de cerca la muerte del novillo. Cayó el morlaco y José alzó la espada en señal de triunfo. Y el público aplaudió con pasión y le concedió la vida, como a un gladiador, aquella tarde de julio.