lunes, 19 de mayo de 2008

REIKIAVIK


Perder el Norte es un problema. Y perder el trabajo, y la novia y algún que otro amigo. Y de paso, perder las ganas. Resulta que te amigas con la televisión, con un rato barato de compañía, con Noche de Fiesta o sucedáneos. A unos les da por inflarse a comida, a otros por no salir del trabajo; a unos y a otros por ganar en tristeza, por perder muy despacio la esperanza.

Pero sólo es eso, la esperanza se pierde y aparece cuando menos te lo esperas: en una llamada, en una caja o en el jardín recién podado del vecino. No sabría si es que es Dios o es el destino, pero no llegamos a caer del todo, la tristeza no planea sobre el mismo eternamente, los males que duran cien años no son realmente males.

En estas se encuentra Rubén muy a menudo, un amigo periodista que casi siempre pierde el Norte y lo busca como un loco por el Sur, se encuentra algún colega por el Este y amanece por descuido en Reikiavik.

Sujetaba el mando de la tele cuando lo descubrió. Estaba viendo un documental en el sillón medio dormido. Islandia se prestaba como amiga de su alma en este caso, mostrando sus rincones y paisajes, tan cercana al Polo Norte como él.

La voz del locutor: En invierno tan sólo hay cuatro horas de luz...Sus trescientos mil habitantes se entregan a la industria y al comercio...La hidrogeología favorece la formación de fuentes termales....Los géiseres son aprovechados energéticamente por su alto potencial en la conversión de temperatura…; y las mil imágenes. Paisajes grises, como los que visita asiduamente nuestro amigo, grises, fríos y calientes: inestables, inhabitables.

Y Rubén se revuelve en el sillón regresando lentamente a sus delirios. Y conversa con la madre del suicidio, se pelea con los restos de su ser, se recrea en las antípodas de sí mismo. Sin saberlo está otra vez cerca del Norte: porque vuelve su mirada al aparato y se da cuenta de que allí, en las alturas de Reikiavik, también crecen los hombres.

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