La primavera remueve sutilmente las emociones más calladas, los recuerdos endebles, los deseos cruelmente supeditados al deber. En estas ando anualmente cuando el almendro se tiñe de rosa y los días se alargan lentamente orientándome, muy a mi pesar, hacia los terrenos peligrosos del ocio, sumergiéndome en una especie de Arcadia.
Recuerdo que hace años, cuando regresaba a mi casa del colegio, me detenía en un punto y me alzaba de puntillas sobre la valla que ocultaba el jardín más hermoso que he visto jamás en pantalla real. Contemplaba el paisaje unos cinco segundos y luego reemprendía mi camino jurándome que algún día cultivaría uno igual.
Me sucedió que en una de estas, la propietaria del jardín me pilló in fraganti, asomando mi frente sobre el vallado y me invitó a entrar. Caminé sobre las baldosas que describían un senderito hasta el porche, atravesando uno a uno los arcos de vid que ataviaban el paseo.
La dueña, de unos sesenta años, me hizo sentar en una silla de mimbre y me ofreció un té. En su ausencia, pude contemplar la hermosura de aquella estampa, que con el tiempo sólo he vuelto a reconocer en las pinturas de Lorrain. Los cotos, delimitados por piedras, albergaban diversas especies. Cada rincón estaba construido a la perfección: naturaleza y artesanía se fundían en un mural precioso que revelaban la dedicación diaria que sólo el amante conoce.
Cuando la mujer regresó con el té, emprendimos una charla animada. Ella me confesó verme habitualmente colgada a la valla de caña y yo le reconocí mi amor secreto a aquella vista que me conducía diariamente a rondarla.
Entre flores y té me habló de su pasión por las humanidades, de su eterna soltería, de su educación británica, casi victoriana, de una hermana con la que vivía y de un próximo viaje a Suiza. Y como si de un regalo se tratase me encomendó la tarea de cuidar de su jardín durante su estancia en el extranjero.
Se levantó y comenzó a explicarme cada una de las partes del jardín. En un rincón sombreado crecían pensamientos violetas junto a un manto de valerianas en blanco y rosa, que inundaban el aire de una fragancia dulcísima. En otro lugar, asomaban unas flores como espigas, las deladeras blancas, entremezcladas con rosas trepadoras.
Para unas y otras el riego debía ser casi imperceptible. Sólo la parra que avanzaba por el muro, podía ser regada directamente y me rogó que atendiera con primor las artemesias recién sembradas. Y así me confió las llaves de aquel edén, de ese jardín secreto que, tras su arquitectura tan similar a la naturaleza, escondía un rigursísimo control.
Durante dos días me entregué delicadamente al encargo. El tercer día llovió, el cuarto me invadió el sueño y el quinto la apatía. Y sucedió que en mi empeño de perseverancia me fue imposible acudir más días para acabar mi labor. Recuerdo sentir pánico a la vuelta de las hermanas británicas, pensando que el jardín inglés se habría convertido en un auténtico desierto. No me atreví a regresar hasta que recibí la llamada de quien en mí tanto había confiado: quería que le devolviera las llaves...y decirme algo.
Cuando entré en la casa, esta vez por la parte delantera, la señora me sonrió y al tiempo que yo le entregaba las llaves, me obsequió con una abundante propina. Luego, mientras me adelantaba algunos detalles de su viaje a Suiza, me condujo al jardín trasero y me felicitó, asegurándome que nunca había visto el jardín tan hermoso que tras mis, seguro, amables cuidados. Y yo internamente di gracias a la providencia, a los dioses o la naturaleza por haber suplido tan excelentemente mi descuido.
Y cada primavera, cuando mis anhelos de huir del método, de las cuadriculas laborales y otras ataduras afloran más intensamente, me acuerdo de aquel cottage que creció al tempo de la meteorología. Y trato de escapar a los confines de lo primitivo, y trepo arbitrariamente a las órdenes de la naturaleza, alimentándome de su savia y empapándome de la lluvia de su experiencia. Y a mí me parece crecer tanto como si obedeciera por un milenio al meticuloso riego del control.
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